La paz se cocina | PATRICIA MARTÍNEZ

Autora: Patricia Martínez Lugo

 

Hubo una época donde nos habíamos acostumbrado a tener hambre, nos levantábamos en la mañana con hambre y nos íbamos a dormir con la misma hambre, a la vez se había extendido el recelo por las tierras y sus frutos. La región estaba dividida según lo poco que se llegaba a producir en ella, en la parte norte de la región habían pocas parcelas (por no decir casas) donde lo único que se cosechaba era el plátano. La gente de esa localidad adquirió una piel amarillenta y paliducha, casi hepática. ¿Cómo no iban a estar amarillentos y desnutridos? Lo único que comían era plátano: tostones, sancochado, o tajadas fritas. Al sur estaba otro sector importante donde se producían todo tipo de granos, sobre todo las caraotas, a pesar de ello nadie se ocupaba de intercambiar granos por plátanos o viceversa, veían sus energías perdidas en esta empresa donde no les resultaba un intercambio equitativo.

Las haciendas, que en otros tiempos habían criado buen ganado bovino, por descuidar sus crías fueron mermando hasta convertirse en escuetas haciendas, las vacas no parían ni daban leche, estas parecían tan infértiles como la misma tierra.

Donde hay hambre no se encuentra muy lejos la enfermedad, la pobreza y la delincuencia. La gente celaba lo poco que tenía, incluso llegaban al punto de celar las matas de mango en la plaza pública, tal es así que cierto día una joven caminante que procedía de otra región igualmente pobre donde también escaseaban los alimentos, al pasar por la plaza pública no pudo evitar fijarse en los sonrosados mangos que colgaban de los tupidos árboles. La muchacha hábilmente bajó a pedradas unos cuantos mangos ya maduros y los tomó, se disponía cruzar la calle cuando fue abordada por un grupo de los más enfadados ciudadanos quienes veían como un delito el que alguien ajeno a la comunidad se llevará algo que no le había costado ningún trabajo. Alguien dentro de la muchedumbre comenzó a gritar «caigámosle a pedradas, a ver si le gusta», seguido de esto un coro de voces comenzó a apoyar la consigna. Un par de niños sollozaban fuertemente, los pequeños pasaron por entre la gente hasta llegar a la falda de la muchacha, ella asustada no conseguía la calma suficiente para devolver los supuestos mangos robados.

La misma gente que segundos antes se sentía ofendida y agraviada por unos mangos, ahora en cambio se avergonzaba de sus actos al percatarse que la muchacha tenía al cuidado dos niños pequeños que bien podían ser sus hijos o sus hermanos menores (dos bocas a las cuales alimentar), esa era una situación bastante común en aquella época. La gente del pueblo quería demostrar que aun en tiempos duros había espacio para la generosidad, las mujeres llevaron algo para compartir con esta desafortunada familia. La muchacha y los niños estaban cargados con una olla de arroz, otra de caraotas, y en un plato había muchas tajadas de plátano frito. También les ofrecieron un plato de carne mechada a cada uno. Los tres quedaron tan satisfechos que no llegaron a probar los mangos, así que los dieron a sus protectores como regalo, este era un acto de suma generosidad para quiénes nada poseían. El pueblo entero se contagió con un ánimo de convivencia y generosidad, de todas las casas salían ollas y platos humeantes, era la viva imagen de la multiplicación de los panes, no quedo una sola persona con hambre. Tajadas de plátano, arroz, caraotas y carne mechada, de esa forma se vio nacer el plato típico de la región mejor conocido como «Pabellón Criollo».

 

Bibliografía

 

Varios autores (2013). La paz es lo que cuenta: antología de cuentos. Caracas: Fundación para la Cultura y las Artes, FUNDARTE. (p.61-63).

 

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